El domingo mi prima Miriam, de los Coras de Vitoria, jugaba un partido de baloncesto contra los Jesuitas de Durango. La idea era ir a verlo, comer por allí y volver a Madrid. Mi tío Eduardo buscó en Google “Comer en Durango” y, todavía no tengo muy claro cómo, dio con Mendi Goikoa (en lo alto del monte), que está en Atxondo.
Al terminar el partido, metimos la dirección en el Tom Tom y nos dejamos guiar. Nos alejábamos de Durango. Nos acercábamos a la montaña. Empezábamos a subir. El camino de cabras se estrechaba. El Tom Tom empezaba a decir “cuando pueda, dé la vuelta”. ¡Qué agobio! ¡Qué recuerdos!
Más arriba divisamos un par de caseríos. El camino se ensancha y aparcamos. Uno de los edificios estaba cerrado a cal y canto. Era el hotel, que sólo abre de abril a noviembre. Llamamos al gran portón de madera de la otra construcción. Cuesta que nos oigan. Abre una mujer, vestida con un traje tradicional. Parecía que hubiéramos viajado en el tiempo. Nos invita a pasar.
Toda la casa está decorada como antaño. En el comedor, una inmensa chimenea encendida nos espera. Nos reciben con una ensalada de rape. Luego elegimos varios platos para picar y encargamos el postre, que irán elaborando mientras comemos. Y antes del segundo, nos invitan a un consomé calentito. Las raciones son generosas.
Desde el comedor parten unas escaleras. Varias habitaciones y un baño, decoradas como lo hicieran sus primeros dueños a mediados del siglo XIX, sorprenden al curioso visitante que ose subir.
El restaurante no es barato pero merece la pena la experiencia.

