El mensaje es el masaje
Miércoles, Mayo 14, 2008
Desnuda, tumbada boca abajo, cubierta con una toalla y mirando a un cubo lleno de agua en el que flotan varias orquídeas. Música relajante de fondo y olor al aceite de coco que se desliza por mi cuerpo.
La primera vez que fui a darme un masaje tailandés, me invitó Sandra Mancebo, fundadora de 100×100 comunicación. Por aquella época yo estaba colaborando con la revista “Calle 20″ . Mi misión consistía en escribir una pequeña reseña de cuatro locales diferentes para una sección llamada “Localizados”. Sandra quería que incluyera Luhare Siam Masajes en la revista y sabía que la mejor manera de convencerme era que lo probara.
Nada más entrar, te quitaban los zapatos y te daban unas zapatillas. Te conducían a la ducha de donde salías sólo con un albornoz y unas braguitas de papel. Experimenté el Thai Herbal Heat, que consistía en dejarte amasar con unas bolas calientes rellenas de hierbas. Antes de irte, te invitaban a un té.
Poco después, volví, esta vez acompañada y pagando. Me había convertido en prescriptora. Probé un nuevo masaje: el Tradicional Tailandés. En esta ocasión, no había ducha y tenía que vestir una especie de pijama. Me sorprendió como la masajista, sin decirle nada, encontraba mis bloqueos y sobre todo cómo, ejerciendo presión en otros lugares y sometiendo mi cuerpo a fuertes estiramientos, conseguía relajarme. Salí de allí agotada. Al día siguiente me dolía todo y me prometí no volver. Pero dos días más tarde estaba como nueva y falté a mi palabra.
Ha pasado mucho tiempo y hoy, que me dolía mucho el hombro y el cuello, he vuelto a ir. Me ha sorprendido que tuvieran hora reservando en el mismo día (antes había que pedirla con una semana de antelación). Al llegar no ha habido ducha, ni pijama y al salir, tampoco té. Ahora el sitio se llama Relax Thai Masajes (C/Guatemala 1, Madrid). Desconozco si ha cambiado de dueños o sólo de nombre, porque las masajistas siguen sin hablar español. Los detalles están mucho menos cuidados pero las manos siguen siendo prodigiosas.
Publicado por usue
Durante la hora de auténtico sufrimiento que he pasado en el gimnasio, no he parado de pensar en el día que dejé de ir. Tenía que terminar no sé qué historia para el trabajo. Una compañera me dijo: “no seas tonta. Vete al gimnasio. Ya lo terminarás mañana”. Pero a mí no me gusta dejar las cosas a medias y no le hice caso. Ahora voy a pagar las consecuencias de mi falta de constancia.