Comiendo Sugus

Desde pequeña, cuando como Sugus, dejo que se deshagan entre la lengua y el paladar. No me gusta masticarlos. Detesto que se me peguen en los dientes.

Recuerdo que, cuando iba al colegio, muchos niños repartían caramelos por su cumpleaños. Yo me los guardaba. Me los comía poco a poco. No más de uno al día. Me duraban mucho tiempo. Los Sugus acababan poniéndose duros. Pero no me importaba porque, como yo los chupaba, se ablandaban en mi boca.

El que más me gustaba era el de color granate aunque desconocía que fuera de cereza.

Hoy estoy haciendo una cata de Sugus en casa. Primero he probado el de naranja. Mientras lo saboreo me imagino como un chorro de nata líquida cae sobre la cáscara de la naranja. En el caso de los de cereza, me vienen a la mente las piruletas con forma de corazón. Con el de limón, los polos Popeye, esos que en algún momento de mi infancia costaban ¡25 pesetas! El de fresa me recuerda a los yogures de este sabor. Y por error se me ha pegado en las muelas…¡Horror! Por último, pruebo el de piña. Curioso: sabe a piña…

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