Por el placer de volver a verla

Hace dos semanas, me llamó mi amiga Gema para proponerme ir a ver “Por el placer de volver a verla” en el Teatro Amaya. No había oído hablar de la obra, pero le dije que sí porque desde enero no nos veíamos. Hoy le estoy sumamente agradecida. Fuimos ayer y creo que tuve una de las mejores experiencias teatrales de mi vida.

En un escenario vacío, delante de un fondo liso de algún color, aparece Miguel Ángel Solá. Se presenta, como actor, guionista y director de la obra, algo que demuestra varias veces a lo largo de la función, dando indicaciones sobre la intensidad de la luz, el color del fondo, la subida del telón…Habla directamente al público. Desnuda su alma ante él. Presenta a su madre, representada por su mujer, la actriz Blanca Oteyza, y se emociona.

Un flashback nos traslada a la infancia de Miguel Ángel que, sin cambiar de vestuario, se transforma en un niño de 11 años. Sus gestos y forma de hablar le bastan. La madre le regaña por haber puesto un petardo en un coche. Así conocemos una de los principales rasgos característicos de su madre: la exageración.

Miguel Ángel vuelve a dirigirse al público y le invita de nuevo a viajar a través de sus recuerdos, esta vez hasta que tiene 14 años. Le gusta Julio Verne pero tiene que leer los libros que le pasa su madre. Los comentan y a él le encanta chincharla, haciéndole mil preguntas, para demostrarle que las novelas que le deja carecen de sentido.

Con 18 años vemos a Miguel Ángel y a su madre al salir del teatro. Reflexionan sobre la experiencia teatral. Ella comenta por ejemplo que al terminar la obra, los personajes dejan de exitir porque su razón de ser es el público, “la cuarta pared“. Y se plantea si los actores también pensarán en el público, dando sentido a su existencia.

A los 21 años, se produce un distanciamiento entre madre e hijo. La madre le pide que escriba, que escriba sobre lo difícil que es crecer, por ejemplo. Risas y lloros se fusionan entre el público.

En la escena siguiente, probablemente aquella con la que me sentí más identificada, Miguel Ángel está escribiendo una obra teatral en el portatil, cuando su madre entra en la habitación para contarle que, como todos los sábados, la tía Gertrudis irá a cenar, endivias con bechamel (un plato habitual también en mi casa). Pero no entra una vez, se lo dice y se va, sino que entra innumerables veces y se lo va contando poco a poco. Miguel Ángel no despega la mirada del ordenador, intentando no perder el hilo de la escritura, aunque no le cuesta seguir la conversación, dando a entender que se repite a menudo.

Creo que es en la escena siguiente, la final, en la que madre e hijo abordan el tema de la muerte. El final sorprende. Es mágico y emocinante. Miguel Ángel nos demuestra que en el teatro todo es posible. En su caso le permite hacer realidad un sueño, “volver a verla”.

Los decorados de “Por el placer de volver a verla” están formados por no más de cuatro cajas por escena. Los técnicos entran y salen del escenario con total naturalidad, hasta el punto de hablar con Miguel Ángel, en su faceta de director de la función (no sé si eso estaba preparado para darle mayor naturalidad a la acción o surgió). Lo más importante de esta obra son la sencillez, el guión y la brillante interpretación de sus actores.

Está en el Teatro Amaya de Madrid hasta mañana, 2 de mayo, pero ya se han agotado las localidades. Me da rabia porque me habría encantado verla con mi madre.

20 respuestas a Por el placer de volver a verla

  1. Gema dice:

    De nada jejeje
    Fue un placer “volver a verte”
    que bonita ¿verdad?
    jo, es q aún floto
    muchos besos

  2. Bego dice:

    No sé tu nombre, pero me ha encantado el desglose hecho por ti de la obra. Yo llegué a ver la última función por los pelos. No había butacas, pero dos señoras mayores devolvieron sus entradas por una torcedura de tobillo, y yo, que me había quedado a esperar a mi novio (que llegó tarde como siempre, pero esta vez acertó) fui la beneficiada de tanta mala suerte ajena. Es sencillamente acojonante la función. Los actores son de otro planeta, nunca nadie me introdujo en una historia como ese hombre; y ella: era ¡mi mamá!, ¡y mi abuela también! Solá y Oteyza son dos actores cuyos nombres deberían figurar en la gran muralla china, ja, ja, ja… (como en la obra el que escribió: pinta a tu madre y pintarás el mundo), y si no han de estar allí, mi corazón es ya para ellos la más grande de las murallas. Fantástica tarde. Y Paco, mi niño grande, mi novio de siempre, sigue hoy con los ojos que se le llenan de lágrimas cada dos por tres, porque perdió a su mami hace nada, y le han quedado cosas por decirle. Ojalá todo el teatro fuera así, tan simple, tan intenso, tan profundo y tan vital. Y la sala es muy bonita y cómoda, y está impecable, lo que es mucho decir. No la conocía. La recomiendo, y a esa función le deseo laaaaargaaa viiiidaaaaa!!!! Bego

  3. Juan dice:

    La Tribuna de Albacete ha sacado un reportaje a dos páginas y una crítica de la obra también excelente.
    Habrá que ir a verla, entonces, pero, ¿dónde?

  4. Lucía dice:

    A mi madre la quiero con toda mi alma. Me llevó mi amiga María Luisa al Bulevar, y con toda mi alma digo que así quiero a mi madre. Y que soy feliz de haber venido al teatro por primera vez en muchos años, hoy, en Torrelodones. Y que entre ese mar de gente con la emoción suelta como yo, en lo único que pude pensar es en mi madre y en lo que le he hecho sufrir y en las alegrías que le he dado. Madre mía de mi corazón, te adoro. María Luisa, achucharte es poco. Lucía.

  5. Malú dice:

    Me alegra que hayas escrito a mi página preferida, Lucía. Sí, la función resultó excelente. Me gustó aún más que en Ciudad Real, si se puede. Preciosa obra, generosamente interpretada. La recomiendo. La recomiendo. La recomiendo a todos. Yo volveré a verla de vez en cuando para recordar símbolos de la belleza. Qué noche más bonita. Ya la había visto en el Quijano, que también estaba a reventar, y, allí, había visto salir a los amigos y a los no tanto, con cara de haber visto un ángel. Les sorprendió a todos la obra. Y mi chico, quedó deshidratado de tanto llorar. Gracias actores, técnicos y Ayuntamiento, habéis acertado todos. Y a tí Lucía, ¡qué bien te ha venido! ¡Me alegro por ambas, chiquilla querida, vete a verla ya mismo! Te quiero. María Luisa.

  6. Alberto Carlos dice:

    ¿Conoce alguien las ciudade que tocará la gira? Toledo y Santander, seguro que sí porque tengo amigos allí que me lo han confirmado. Y sé que el 15 de octubre vuelven al Teatro Amaya; y que irán a Barcelona en julio unos veinte días. ¿Y el resto de la gira? Informar, por favor.

    • Conchi dice:

      Es de lo que mejor que he visto hasta ahora, ternura, emoción, risa, lágrimas y mucho amor. La recomiendo y para los que quieran saber el calendario de la gira en la web conchabusto.com la encontrarán.
      Ir a verla.

  7. Alberto dice:

    Os envío la crítica que más me ha gustado de mi obra favorita. Hay otras muy buenas tamién, pero esta tiene el sabor que le da un crítico de prestigio internacional, Don Javier Villán.
    Se corre el peligro de calificar “Por el placer de volver a verla” como una especie de metateatro, de teatro en el teatro, pues habla de la sentimentalidad de la farándula, de la soledad y de la alegría de los cómicos y de su relación con el público. Pero eso, que puede ser cierto, no creo que sea una intención didáctica, sino un escape sentimental.
    Matizado este riesgo, cabe decir que es un homenaje a una madre extraordinaria, de una imaginación y emotividad portentosa. Eso también sería una verdad incompleta. Los recuerdos de la madre canalizan dos biografías unidas por el amor, las dulces disidencias y una rendida admiración recíproca: madre e hijo. Se unen, por lo tanto, en esta obra de Michel Tremblay, dirigida por Manuel González Gil, dos pasiones en estado puro: el teatro y una madre exagerada, genial en sus fantasías y en su autoritarismo: Nana, que asciende a los cielos, una fantasía más en un final bello y lírico. Hay belleza en la simplicidad cambiante de la escenografía, hay belleza en las emociones contenidas y hay una belleza emocional en la interpretación en verdad apabullante. El placer de volver a verla es el placer de la interpretación, y no sólo por parte de Miguel Ángel Solá, un verdadero crack de la depuradísima escuela argentina; Blanca Oteyza está, en términos coloquiales, que se sale. El Keeling emocionante, contradictorio, tenso en ocasiones, entre madre e hijo, brota en el escenario, entre actriz y actor, con complicidad y pureza. Blanca Oteyza aporta los registros de una madre atenta a todas las manifestaciones del hijo, a través de sus manías maternales, sus miedos, su autoridad cuestionada, su enfermedad terminal; y su ternura, llena de incertidumbres reales o fingidas, sutiles fronteras difíciles de discernir entre la realidad y lo imaginado. Blanca Oteyza siempre comparable a Miguel Ángel Solá. Y sin desmerecer nunca.
    Por encima de todo, el mérito mayor de Por el placer de volver a verla, radica en permitir una interpretación dúctil e intensa. Si Miguel Ángel Solá, en pleno dominio del gesto y de la voz, recorre la escala de la infancia, juventud y madurez con naturalidad, Blanca Oteyza hace de su personaje una cascada de emociones sin límite: una fuerza de la naturaleza.
    Después de “Hoy: El Diario de Adán y Eva, de Mark Twain”, Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza: gracias por el inmenso placer de volver a veros.

    Don y virtud del arte de interpretar
    Javier Villán (EL MUNDO)
    Calificación: * * * *

  8. Isabel dice:

    Acostumbrados como estamos al estrépito del insulto, el menosprecio, la traición admitida como normalidad, la mentira, la perversidad, la política del reírse del disminuido, del pobre, del más pequeño, del menos fuerte, puede parecer hasta antigua, Por el placer de volver a verla, una obra de televisión en blanco y negro, o con censura. Pero lo público y lo privado revisten ciertas sorpresas. En el ámbito privado, mi vida, hasta los veinte y pocos, se desarrolló entre seres más parecidos a los de la obra que a los de la realidad televisiva. Seres de carne y hueso y corazón y besos y achuchones. Seres del alma. Y el problema es ése: esta función transcurre en el terreno de la felicidad compartida. Nadie pelea aquí para ocupar un espacio que no le pertenece, por trepar a una fama inmerecida, ni recibir un premio a la nadería. No hay amenazas, ni amedrentamientos, ni imposiciones, ni salvajadas ‘normales’. Ni en el principio, ni en el medio, ni en el fin de la obra, suceden las horrorosas ‘normalidades’ con las que la vida nos despierta y duerme todos los días, aplicándoles un código de atenuantes dentro de la “norma normal” a seguir. Aquí ganan todos, los personajes y los espectadores; dije: ganamos todos. ¿En qué? En comprensión. No hemos vivido en vano. Hay obras de teatro en las que se te obliga a pensar, y hay obras de teatro en las que se te obliga a no pensar. De este último tipo podemos distinguir las que no te dan nada a cambio de las que, a cambio de no pensar, te ofrecen actividad emocional, y esa actividad emocional tiñe el todo de sensaciones inexplicables. En el momento, inexplicables. Te remueves por dentro, presintiendo, intuyendo, liberando cargas, yendo hacia donde van los que cuentan la obra. Luego, al terminar, cuesta decir algo de ella. Aplaudes, suspiras, tragas sal, sonríes bobamente. El mundo enorme de las cosas pequeñas se evidencia de tal manera, que pagarías por estar sola. Algo pasó, algo sigue estando. Yo no sé exactamente qué me sucedió con Por el placer de volver a verla. Estuve allí, pero no era yo hoy, sino yo en un tiempo en que creía en Dios, y en la hadas, y en el amor a toda prueba. El tiempo me borró a toda la familia y tuve que aprender a creer de otra manera. A eso se le llama crecer. Cambié comidas, bebidas, lecturas, hábitos, me enredé en tantas cosas que la vida terminó siendo otra a la fuerza. He vivido esa vida muy bien, no me quejo. Pero apareció Por el placer de volver a verla, y volvió mi blanco y negro. Nostalgia. Ha sido eso. Me envolvió la nostalgia. Y la necesidad de recuperar ese tiempo feliz e innombrable de Isabel y amigarlo con esta Isabel que soy hoy. Nostalgia y ganas de escribir. Disculpar. Isabel.

  9. Miranda dice:

    La Tribuna de Toledo
    Crítica. Teatro.
    13/06/2010
    El placer fue mutuo
    Por Cristina Martínez
    Hacía tiempo que la que justo arriba firma no reía y lloraba -casi al mismo tiempo- sentada en la butaca de un teatro. Hacía tiempo que no contemplaba un montaje en el que los sentimientos jugaran con tanta facilidad, en el que los tiempos se sucedieran en el momento, sin ensayos ni mediciones. La pieza ‘Por el placer de volver a verla’ fue la causa de tan controvertida recepción porque de la carcajada se pasaba al nudo en la garganta como quien anda sin conciencia. Magistralmente interpretada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, la versión realizada de la obra de Michel Tremblay es digna de tener en cuenta en cualquier lista de aficionado al teatro que se preste. Porque es esencial, entrañable, emotiva, divertida, fresca y nostálgica. Pero, ante todo, reflexiva. Reflexiva como debiera ser el teatro. Y puesto que el autor es actor y ambos están vestidos en la piel del actor argentino, se entreteje la vida, lo cotidiano, la literatura, las musas y, claro está, el teatro. Todo para instar al placer de volver a ver a la persona ausente, a la persona amada. En este caso a la madre nunca olvida y presente en la realidad del hijo a cada momento. Se ríe, se piensa, se escucha y se llora. Y se hace con el mayor de los placeres, con la mayor de las complicidades. Porque una madre es, cuenta el escritor-actor-maestro de orquesta, universal, única, dramática, divertida y original. Porque un hijo es irritante, rebelde y conquistador. Porque las relaciones entre madres e hijos/as es tan irrepetible y, a la vez, tan cotidiana que es imposible volverse de espaldas. Y así la obra funciona como un reloj y evoca en cada receptor los sentimientos más contradictorios, como lo son estas relaciones. A veces divertidas, otras desesperantes, a ratos insistentes… La realidad de las casas, de la infancia, de las tías y las comidas semanales, las preguntas incontestables, la paciencia compartida, secuencias exhibidas, sobre la escena, con una frescura en la que no faltan los momentos de reflexión comunitaria ni los instantes de silencio. Quizá no funcione igual con otra pareja de actores, ni con otro director que no sea Manuel González Gil, pero seguro que funciona siempre a las mil maravillas con distintos públicos. Por lo que la fórmula se sustenta, y justo es aclararlo, en un equipo que sabe de lo que habla cuando habla de escena y de palabra.
    Fue un placer para los presentes y un inmenso honor haber conocido a la madre -como la madre de los presentes- de un autor que encontró su musa entre sábanas tendidas, bancos al atardecer y lunas de media noche. Por una noche ganó el teatro, y fue en el Rojas. Ya lo auspiciaba Miguel Ángel Solá al inicio de la obra.

    Cristina Martínez escribió esta preciosa crítica a la representación de Por el placer de volver a verla. Soy de Toledo, estuve allí y os aseguro que el teatro Francisco de Rojas dedicó a esos actores un aplauso y una ovación, con sala a tope y en pie, que no podrán sacarse de la piel en quince baños. ¡Qué noche tan pero tan bonita, intensa, feliz, nos ha hecho pasar este matrimonio de talentos! Miranda

  10. Camilo dice:

    Estupendos, sí, pero no entiendo que os quedárais para una sola función. ¡Bravo! Sois como la copa de un pino, lo habéis demostrado. Volved si os place; Toledo estará encantada de recibiros. Camilo

  11. Quique dice:

    Lo hallé en un blog de El Diario Montañés. Me encantó. Quique.
    http://WWW.ESCONDIDOENTREBAMBALINAS.TK Y http://WWW.PERIODISMO21.TK

    `POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA´: LA PALABRA HECHA EMOCIÓN

    Hablemos de teatro. Hablemos de emociones. Hablemos de buenos actores. Hablemos de un texto tierno, amable y de una sencillez extraordinaria. Hablemos de un espectáculo `desnudo´ en el que solo son protagonistas el texto, los actores y el público expectante que desea seguir viviendo las vidas de otros. Todo eso es Por el Placer de Volver a Verla, un montaje que vuelve a reunir en escena a esa pareja formada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza que tantas alegrías dio a la espectadores españoles y argentinos hace unas cuantas temporadas.
    ¿De qué trata este reencuentro? Trata de un autor de teatro que decide evocar a su madre desaparecida en su nueva pieza teatral. Así, podemos conocer como era la relación entre esta madre y este hijo a lo largo de los años.
    Solá brilla en escena encarnando a este hombre que quiere revivir el mayor amor de su vida: su madre. Una madre que encarna Blanca Oteyza en el que quizás sea su mejor trabajo visto tanto en cine, teatro como televisión en España. Sorprende la versatilidad que la lleva de la pasión por el teatro al amor por su hijo y los recuerdos de lo que pudo haber sido en su último aliento. Sin duda alguna, encarnan una pareja escénica de excepción como pocas veces se puede ver en escena.
    El texto transita por las emociones vitales. De la risa al llanto hay solo un paso. La delicada línea que separa la vida de la muerte. El público se entrega ante un texto que toca la fibra sensible de un público deseoso de experimentar, de vivir otras realidades paralelas como son las que nos plantea el teatro. La escenografía, muy correcta y minimalista, la dirección a cargo de Manuel González Gil o la iluminación son otros de los puntos fuertes de la función.
    LO MEJOR: LA VERDAD DE SOLÁ Y OTEYZA EN ESCENA
    LO PEOR: NO SABRÍA PONERLE MUCHAS PEGAS
    VALORACIÓN:*****
    CARLOS RIVERA DÍAZ

  12. Ángel Manuel Cantos San Blas dice:

    Es la primera vez que no me duermo en el teatro. Mucho me temo que me haya vacunado. Cada vez que a mi mujer se le pasa por la cabeza ir al teatro yo busco excusas que a veces no encuentro, porque me asalta de improviso mientras ando distraído pensando en otra cosa y la excusa que doy no cuela con nada. Ella está empeñada en curarme del sueño que me provoca el teatro llevándome al teatro, cuando a mí con un par de cañas y algo bueno que pongan en la tele me basta y me sobra. Pero tengo que reconocer que me ha vacunado, porque ayer no sólo no ronqué en el teatro, sino que hasta me ha visto llorar y mucho. Y cuando me preguntó preocupada: ¿quieres que salgamos, mi amor? y le contesté que no, me di cuenta que sonreía de oreja a oreja. Me ha vacunado, pensé. Para colmo, al finalizar la función me vio aplaudir mucho y con entusiasmo. Más tarde, tapeando, cada vez que recordábamos algo de la obra a mí se me nublaban los ojos, y ella sonreía y, para disimular me acariciaba la mano, como un tic. Recordábamos, yo me emocionaba y ella sonreía y me acariciaba la mano para que a mí no me cortara su sonrisa. Pero eso podía enfadarle al Ángel que entró con ella al teatro, no a éste que estaba hecho una gelatina. ¿Qué me pasó con esa obra? De todo, pero nada que pueda poner en palabras y que alguien lo comprenda. Sé qué me pasó pero no sé contarlo. La obra me gustó. Y los actores son muy raros porque te hacen reír pero te hacen llorar como si nada. Y yo no me veo llorando. No me gusta que me mire nadie cuando lloro. Y mi mujer me miraba a mí más que a la obra. Más tarde, en casa, nos dio un ataque de ternura que terminó fenomenal, como nunca. Nos queremos mucho, pero ayer fue de agenda, para no olvidar. Porque nos dijimos cosas que no puedo repetir, pero que las pienso y se me nublan los ojos como en la obra, pero de mí felicidad propia, la de mi vida. Y hoy, los dos charlando, decíamos lo mismo porque habíamos estado pensando en lo mismo: en todo lo que nos queríamos y que por qué no nos lo demostrábamos con esa intensidad siempre, pero ninguno sabe por qué. Leti dijo, que era miedo a la muerte. ¿A qué?, le dije yo, ¿a morirnos de amor? No sé, por si uno deja solo al otro, dijo ella. Y nos quedamos callados, pensando. Luego nos abrazamos. Después el día transcurrió normal, pero mejor, no sé cómo explicarme. Llevamos siete años juntos y nos queremos y nunca nos hemos faltado, y nos ha ido, juntos, mucho mejor que cuando no lo estábamos. ¿Qué ocurrió ayer? Que quizás nos dimos cuenta que, por primera vez en mucho tiempo, sentimos que a los dos, al unísono, nos había pasado algo parecido, inexplicable, que yo resumo en un: trata a la gente como quisieras que te traten a ti, y si no tienes nada interesante que decir, no digas nada. Y pienso y Leti también, que ayer ellos se trataban y nos trataban como les gustaría ser tratados. Y que tenían cosas interesantes que decir, por eso no callaban. Y que nosotros, todos los que estábamos allí en el teatro, en el tiempo que ellos hablaban no teníamos nada interesante que decir y que nos gustaba ser tratados así, y que así se trataran entre ellos. Parece un trabalenguas lo que estoy intentando decir, pero es que, ayer, a Leticia y a mi nos pasó algo no normal. Ella me vacunó de mi falta de interés por el teatro, y yo le toqué el corazón como nunca nadie se lo había tocado, me dijo. ¿Cuánto habrá tenido que ver esa función?, y, ¿es el propósito del teatro que nos pasen cosas cuando el telón ya ha bajado y el tiempo ya es otro? No lo creo, ellos son actores nada más, que repiten un texto y luego del aplauso se irán a comer con sus compañeros. O a su casa, porque son marido y mujer, y al día siguiente otra vez lo mismo, a hacer llorar y reír a otro por lo mismo. ¿O no? ¿Qué es el teatro? ¿Qué función real cumple? Aquí pasó algo que no puedo entender por más que le doy vueltas. Pero lo voy a descubrir, de eso trata el efecto de la vacuna me parece. Bueno, he leído la página, las opiniones, buscando la respuesta, pero no. Esto está lleno de otras preguntas, propias de cada uno. Parecidas, pero no. Hay quien escribe muy bien aquí. Eso sí: hay un impulso común en todos que debe provocar la obra: ganas de escribir, como bien dice Isabel. Nunca me pasó eso tampoco, ni con el teatro ni con nada. Sólo con Leti, cartas de amor, pero sin lágrimas, para hacer risas, cartas de humor más que de amor. Ya estoy divagando; sólo digo que hay algo más detrás del teatro y que lo voy a descubrir como que me llamo Ángel.

  13. M. C. López Vázquez dice:

    Estupenda noche de teatro, emocionante, sincera, de buen gusto, alegre y triste, pero llena de vida y de cariño, y de ternura y de imposibles posibles. Madre e hija nos hemos ido del teatro caminando, caminando, caminando, abrazadas; tarde- noche ideal para darse cuenta de cuánto hay que agradecer. Estamos vivas, sanas y queriéndonos y perdonándonos las tonterías del aprender a ser madre e hija. No es que recomiende la función; es que hay cosas, muy pocas, que deberían ser obligatorias. Ir al teatro, a participar de un encuentro así, es una de ellas. No os perdáis vuestro disfrute. María del Carmen.

  14. Jorge Moya Arévalo dice:

    Según Mariana Urquijo Reguera -filósofa e investigadora de la UCM y del Instituto Universitario Ortega y Gasset-, ‘Por el placer de volver a verla’ es más que profunda. Y así lo argumenta en un escrito que titula: “POR EL PLACER DEL EDIPO”. ‘En el folleto del teatro leí el otro día que cuando uno siente placer al volver a ver a alguien, es un indicio de que siente amor. No había comenzado la representación y me quedé loca con esta reflexión. ¿Cómo es ese placer que nos recorre cuando nos reencontramos con alguien? ¿Cómo es ese placer que te recorre cuando escuchas la cerradura de casa que se abre anticipando la llegada de tu amor? Me puse a examinar esas sensaciones y a buscar en mis recuerdos esos momentos cuando se apagaron las luces y se subió el telón. Hace años que ese instante de silencio lo vivo con una emoción inexpresable. Nada tiene que ver cuando en el cine comienzan a moverse en la pantalla las figuras de la publicidad a todo volumen aturdiendo hasta al más sordo. Ese silencio del teatro es el momento en el que no sabes nada, no sabes qué va a suceder, pero te imaginas a unos actores en número indefinido tras las bambalinas, respirando profundo, concentrándose, metiéndose en el cuerpo de otro antes de regalar al público sus gestos, su voz, un buen texto y en definitiva una rato en el que hacen de médiums hacia otro mundo, hacia otras vidas. Nada tiene que ver con la ficción de una película, donde la textura de la piel y de la voz están perfectamente medidas. El montaje produce una obra completa y cerrada. En el teatro siempre es perfecta pero no es una obra, sino tantas como representaciones, y en el caso de los actores de “Por el placer de volver a verla” del canadiense Michel Tremblay, suman miles a ambos lados del charco Atlántico. Durante dos horas Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza nos permiten ver, como si fuéramos voyeurs, los momentos y conversaciones íntimas de una madre y su hijo. Probablemente el hijo menor de esta madre, que despliega un peculiar carácter para enfrentarse a las durezas de la vida, a sus propias contradicciones y sobre todo, a sus propios deseos como mujer y madre, a los deseos de sus hijos y en concreto, de este hijo menor. Una madre que me recuerda al universo de Almodóvar, una madre de hijo artista al que desde pequeño le deja soñar, le deja seguir sus deseos y realizarlos, aunque desde cierto punto de sus vidas, ella quede excluida de ese mundo que ha ayudado a construir. El hijo escribirá esta obra para redimir este pecado capital: no haber incluido a su mecenas en el placer de ver, leer y escuchar sus primeras producciones teatrales. La obra la escribe y la narra este hijo artista que se convierte en teatrero, para que esta madre vuelva a ser la protagonista de la vida de este hijo. Y su vida es el teatro. Le escribe una obra a su madre, para su madre, para que cumpla su sueño de ser la protagonista de dos horas en el escenario, dos horas en las que se suspende la realidad tanto de los actores en cuanto personas, como la de los espectadores. El efecto es una suspensión general de la identidad personal que se sustituye por la acción de la escena. Cada uno olvida sí mismo y se sumerge en los personajes, en sus sentimientos y en la acción. Un lujo que la vida diaria y las exigencias sociales no suelen permitirnos: descansar de nosotros mismos y dejarnos soñar y vivir con otros, a través de otros. Pero todo esto sucede cuando su querida madre ha muerto. El hijo revive a la madre en las tablas para volver a verla, para que sus recuerdos sean más vivos, para que revivan en la carne de los actores. El hijo cumple el sueño de la madre después de muerta. Hijo y madre nos enseñan sus intimidades a lo largo de varias escenas en las que predominan sus diálogos sobre literatura, sobre el poder, la religión y el teatro. La risa que predomina en la obra crea una empatía enorme con los personajes. Para cuando llega la muerte el público llora, gime y se seca las lágrimas. El texto sin embargo no acaba ahí, plantea una reflexión sobre la función del teatro, su magia, su atractivo, aquello que durante 25 siglos ha hecho a los seres humanos seguir haciendo historias para llevarlas a las tablas y buscar la katarsis, ¿pero cuál es la katarsis de “Por el placer de volver a verla”? El autor está en una posición que un psicoanalista no dudaría en llamar, claramente, edípica. La madre como ídolo, la madre como referente, la madre a la que se le debe todo, la madre cómplice, la madre amiga, compañera. Pero un Edipo de artista es peculiar como Edipo, porque la creación artística ayuda a sublimar los instintos que el común de los mortales lucha por canalizar y satisfacer en cierta medida y de cualquier modo. La sublimación de este hijo menor con vocación de artista es dedicarle una obra a la madre de su Edipo, cerrando el círculo y proclamando al mundo entero su amor incondicional, su amor eterno, más allá de la vida y de la muerte, su amor a su primera mujer, a la única: la madre. Y si, el teatro llora, porque cada uno revisa su relación con su Edipo, sus injusticias, sus canalladas, sus egoísmos. La trampa está en que este Edipo no está superado, este artista no ha pasado del amor de madre al amor de mujer, por eso su madre es divina, es su diosa y se convierte en la censura del espectador. El placer de revivir el pasado perdido, el placer de volver a vivir lo que el tiempo dejó atrás es el placer de soñar que se pueden saldar cuentas con el ayer, más allá de la muerte. Proponer esta hazaña a un público falto de reflexión sobre sus afectos y sus emociones, falto de psicoanálisis, falto de amor sano es una hazaña propia del teatro.’ Quería compartir esto, porque escuché decir por radio a un nadie que la obra estaba bien pero no le parecía ‘profunda’. No le asiste gran autoridad. Sí a la Dra. Urquijo Reguera, especialista en profundidades. Con afecto a todos. J.M.A.

  15. Juan Ramón dice:

    Magnífica. No tengo palabras. La he recomendado a todos mis conocidos. Magnífica, repito. Para ellos, se desprende de sus entevistas, somos personas ávidas de sentir, pensar y soñar. Y lo han demostrado ya con Adán y Eva y ahora con ésta. Y eso no tiene precio. Ir, por favor. Juan Ramón

  16. Mónica dice:

    La inmortalidad existe.
    Existe para algunos pocos elegidos, pero existe. La mayoría de las veces porque esas mismas personas la han buscado, pero otras veces, se consigue sin quererlo, solamente por amor y este es el caso de esta obra. La inmortalidad de una mujer gracias al amor de su hijo. Un hijo que cree que todo el mundo debe conocerla, por ser una mujer especial. Realmente es especial y conocerla lo mejor que te puede pasar.
    Por el placer de volver a verla es el ejemplo más bonito de como alguien, por amor, consigue traer a esa persona que tanto añora de vuelta a la vida.
    Es el teatro dentro del teatro. Es Tremblay (o su equivalente en actor) presentando a esa mujer que tanto ama al público, recreando su vida otra vez, para ofrecerle el final que se merece, repleto de amor, de belleza y de honor. Sin atrezzo, sin más personajes que ellos dos. El escenario prácticamente vacío y aún así logras sumergirte del todo en la historia. Es la historia de amor más pura y sencilla contada a través del cuerpo de otros actores.
    Es muy difícil explicar la peculiaridad de esta obra de teatro. La verdad es que nunca había oído hablar de Michel Tremblay y ha sido con esta obra con la que he descubierto a uno de los escritores más emotivos que he tenido el placer de vivir.
    Me da la sensación de que Tremblay sufre un poco el síndrome de mamitis que sufría (o sufre) Almodóvar. Es una persona profundamente enamorada de su madre, tremendamente ligado a ella, para quien no existe nadie más y para quien nadie podrá ocupar su lugar. Normalmente suelo tener sentimientos de rechazo antes estos casos de mamitis tan exagerados, pero en esta obra se respira tanto amor, tantas ansias por hacer lo imposible por otra persona, tanta fuerza, que al final de la obra lo único que puedes hacer es llorar. Llorar y desear que algún día, alguien sea capaz de quererte de la misma manera y con la misma intensidad e intente por todos los medios recordarte e inmortalizarte una vez te hayas ido.
    Esta obra (título original Encore un fois, si vous le permettez), ha sido ganadora del premio Chalmers y del premio Dora Mavor Moore en el 2000. No es que sean premios súper famosos y fantásticos, pero ahí están. Fue escrito en solamente 3 días y ha sido traducida a más de 22 idiomas, siempre con una crítica excelente. Es sin duda la obra más desinteresada y mágica que he visto en mucho tiempo y una de las mejores maneras de pasar un viernes o sábado noche.
    ¿Por qué mola tanto la obra?
    Mola por muchas cosas, te ríes, lloras, te vuelves a reír y pasas un buen rato. Pero sobre todo mola porque escribiendo esta obra, Tremblay ha logrado que su madre resucite varias veces al día, en diferentes partes del mundo, cada vez que un teatro decide ofrecer su obra. Porque en el momento en que su madre está ahí, viva, delante de él, la hace feliz, la convierte en reina, se desvive por darle la despedida que no le pudo dar. Porque, especialmente al final, puedes sentir el amor que hay sobre el escenario, lo lejos que ha llegado una persona para demostrar amor, para inmortalizar a la persona más importante en su vida, para traerla una y otra vez a la vida y así no tener que decir adiós jamás de manera definitiva.
    Mola porque, durante los 90 minutos que dura la obra, te olvidas de ti, de tu situación, de tus problemas y preocupaciones, para convertirte en un mar de emociones. Vas a reírte mucho y vas a llorar mucho. Vas a sentir mucho. Y sentir tanto, hasta ser incapaz de hacer cualquier cosa que no sea sentir, es de las experiencias más enriquecedoras que hay, porque nada nos hace más humanos que sentir.
    La obra se puede ver en estos momentos en su segunda edición en el teatro Amaya de Madrid, Paseo. General Martínez Campos 9.
    La recomiendo encarecidamente.
    By Nat in Mola vivir otras historias Tags: teatro, emociones, artes escénicas, actuaciones http://cosasquemolan.com/author/cosasmolonas/ 22 Nov 2010

  17. Mónica dice:

    POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA.

    Si Broadway hablara español, los luminosos con los nombres de Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza serían del tamaño XXL. Por suerte para nosotros la obra se representa en el teatro Amaya de Madrid después de haber recorrido con éxito gran parte del territorio nacional.

    El autor de “Por el placer de volver a verla” es el canadiense Michel Tremblay y la obra es un magistral homenaje a la memoria de su madre. Utilizar un escenario para contar todo aquello que no le dijo en vida podría resultar un “pastelón” de no ser por el talento del autor que fabrica un texto lleno de aciertos. La dirección de Manuel González Gil y la interpretación de la pareja protagonista redondean una obra excelente.

    Miguel Ángel Solá sale a escena en vaqueros y camisa azul que no se cambiará en toda la representación y se dirige a “la cuarta pared” como recurso narrativo enganchando al espectador desde el primer momento; salvo un buen texto, no necesita nada especial, es así de enorme. Puede hacernos creer que tiene once años, catorce, veinte… si se lo propusiera sería capaz de interpretar a Tarzán, Jane y la mona Chita y hacer perfectamente creíbles a los tres. Blanca Oteyza es esa madre a veces histérica, otras dulce, que encierra todas las madres en una. La madre amiga, compañera, cómplice y referente, como relación claramente edípica del autor. Su Nana es un bombón de papel, y ella, un marrón glacé de la escena.

    La obra tiene todos los ingredientes para durar varios años como ya sucedió con “Adán y Eva”.

    Gracias “por el inmenso placer de volver a veros”.
    Publicado por Pedro Rubio en 11:38 AM.
    http://milleches.blogspot.com/2010/11/por-el-placer-de-volver-verla.html |
    Thursday, November 25, 2010

  18. Mónica dice:

    POR EL PLACER DE VER TEATRO. Por eso mismo. Porque no es un género que uno frecuente. Por descubrir si todo lo que te cuentan de una obra, en este caso, ‘Por el Placer de volver a verla’, es cierto o no. Por adivinar si realmente él, Miguel Ángel Solá, es tan bueno como aparenta ser, y ella, Blanca Oteyza, se come las tablas. Por entender que una y otra realidad son ciertas.
    Por quedarte boquiabierto ante un monstruo de la escena como Solá, capaz de hacerte pasar de la carcajada y de la mueca feliz, abierta y sincera, al sobrecogimiento y al llanto. Por contenerte y no saltar al escenario para preguntarle al tipo cómo carajo es capaz de hacer esas cosas con una facilidad tan aparente que te deslumbra, aunque tras ella haya mucho, pero que mucho trabajo. Por contemplar lo feliz que es sobre el escenario, dirigiendo, sincronizando, conduciendo el ritmo de la obra con la mano de quien sabe que está ante amigos y que a ellos nunca podrá engañarles, porque a los amigos se les emociona, se les hace reír o llorar. Pero nunca se les engaña.
    Por deleitarte con Blanca Oteyza, su alter ego. Tan inmensa, sin techo ni límites. Por reconocer que ha llegado a un momento en el que es capaz de replicar a Solá, que es mucho replicar. Por caer rendido ante su gracia, desparpajo, expresiones y cambios de reacción. Por no levantarte del asiento y espetarle, a voz en grito: ‘¡Dios, pero ¿tú sabes lo que estás haciendo?!’ Por quedarte esperando su próxima salida, siempre mejor que la anterior, pero no que la siguiente.
    Por no entender cómo es posible que Solá y Oteyza tengan un reducto tan limpio, pero a la vez tan pequeño, mientras la mediocridad se extiende a su alrededor. Por reclamar esos espacios para volver a encontrarte con la esencia de las cosas, tan sencillas y difíciles de hacer. Por emocionarte sabiendo que para hacerte pasar un buen rato tan sólo es necesario dos personas con ganas de eso, sin más alardes que ellos mismos.
    Y que todo te lo agradezcan con un sincero, casi humilde, ‘gracias’.
    Por darles las gracias. Por todo. Y por el placer de volver a verles. Cuanto antes si es posible, por favor. http://victorfernandezcorreas.com/2010/11/por-el-placer-de-ver-teatro/

  19. M.A.L.V. dice:

    Todo es posible en el teatro
    Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza bordan una obra que cala en los sentimientos
    Lo bueno de una obra de teatro es que puede tener los finales que se quiera. Es una lástima que en la vida real esta situación no pueda reproducirse. En la representada ayer en un Lienzo Norte con algo más de media entrada, hubo dos finales distintos. El primero sembró de silencio la platea. El público asistía sobrecogido a una triste despedida entre madre e hijo que no se correspondía con lo que había vivido la hora y media anterior, un divertido duelo entre un chico, que va creciendo por mucho que eso dé miedo, y su madre, capaz de inventarse cualquier cosa con tal de hacer ver a su vástago las lecciones que sobre la vida le quiera dar.
    La madre moría, se quedaba dormida, en el pecho de su hijo, al que instantes antes le había confesado su miedo a morir, un sentimiento del que nadie se escapa. Con ella en silencio, el hijo reflexiona en voz alta y clara: «morirse es una estupidez», y como es autor de la obra que ha estado enseñando al público durante toda la noche, despierta a su madre para ofrecerla el final que ella siempre ha querido, conocer el teatro por dentro, sentirse artista y despedirse entre aplausos para dirigirse al mismo sitio que en el primer final, pero de distinta manera. Todo es posible en el teatro. Se puede elegir la manera de llegar al final y optar por que sea la de sin dolor y sufrimiento, como toda madre se merece, aunque no siempre se cumpla, lamentablemente.
    Para acabar en estas dos escenas, antes sus dos protagonistas, Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, ya habrán adivinado que hijo y madre, ofrecieron vibrantes papeles pensados para un lucimiento que consiguen a base de ingenio y eso que debe ser talento, que sólo pueden explicar los que de verdad lo tienen, no los que dicen tenerlo.
    Oteyza lleva el peso principal de una obra que gira alrededor de ella, con un Solá que hace todo más fácil al público al explicarle qué es lo que realmente quiere decir su compañera de reparto, capaz de convertirse en un torbellino a la hora de ofrecer una delirante explicación sobre el origen de la sangre azul, para poco después reflexionar sobre la incomunicación que se abre entre una madre y un hijo cuando éste crece y se convierte en un hombre. A su lado, Solá, convertido en protagonista narrador, deja en muchos momentos paso al lucimiento de ‘su madre’, verdadera protagonista de una obra que cala en los sentimientos. Vivir. 16/11/2010. Teatro. L.C.S.

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